20 juin 2010

Adios a José Saramago

José Saramago
1922-2010
Adios à un gran hombre
José Saramago con su ultima mujer Pilar del Rio
Nombre real: José de Sousa. Nacimiento: Azinhaga (Portugal), 1922.Profesión: escritor. Estudios: formación profesional como cerrajero mecánico. Hito: premio nobel de literatura en 1998. Se reconoce:autodidacta, orgulloso y comunista. Pasado: publicó su primera novela, "Tierra de pecado", en 1947, pero el reconocimiento internacional no llegaría hasta "Memorial del convento" (1982) y "El año de la muerte de ricardo reis" (1984). Lo último: la novela "la caverna" (alfaguara).


El blog de Saramago pronto sera un libro

Los textos que el Premio Nobel de Literatura José Saramago ha publicado en su blog de Internet serán reunidos en un libro que se llamara O Caderno (El Cuaderno), según anunció hoy la Editorial Caminho. Se publicara este jueves en Portugal y luego contara con una edición en español.

Desde septiembre del año pasado, Saramago mantiene una página web y ahora será realizada una recopilación de esas notas, en una edición conjunta entre la editorial portuguesa y la Fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura. El libro se editará luego en catalán y español.

Según una fuente de la editorial, el libro tendrá una tirada inicial de 5.000 ejemplares y será lanzado el próximo jueves, cuando se celebra el "Día Mundial del Libro".

"Cuaderno de Saramago no es un libro de crónicas periodísticas, es un libro de la vida", según Pilar del Río, esposa del escritor.

Saramago comenzó su blog con "Palabras para una ciudad", una carta de amor a Lisboa, como admitió el autor. Después siguieron una centena de opiniones, relatos con frases de humor o cáusticas sobre la actualidad política internacional, donde entran Barack Obama y Sarkozy, pero también sus escritores favoritos. Se pueden leer sus escritos en la





Entrevista: Un intelectual indignado
Hace unos años -no recuerdo cuántos- entrevisté a José Saramago (Azinhaga, 1922) en este mismo lugar, una vivienda blanca, de líneas finísimas y puras, recostada sobre una ladera del pueblo de Tías, frente al mar de Lanzarote.
Deslumbrada como estaba por la calidad lumínica de la isla, no percibí el tufillo melancólico que ahora me recibe. Se trata de una melancolía amable, una sensación poética que se cuela en el ánimo sin perturbarlo.
Entonces había en el jardín de Saramago dos membrillos que se llamaban, creo, Antonio López y Víctor Erice. Ni el escritor ni su esposa Pilar me explican qué ha sucedido, pero a los membrillos les han crecido peras. Quizás haya que pensar en la intervención de algún fenómeno milagroso. También recuerdo que en aquella ocasión me quedé dormida en el sofá antes de conectar la grabadora. El escritor pudo haberme zarandeado exigiendo respeto para su valioso tiempo, pero no lo hizo. Se limitó a taparme con una manta y permaneció sentado frente a mí, esperando pacientemente que despertara. El bochorno me abofetea ahora cuando llego al lugar de los hechos y recuerdo aquel incidente. Qué jeta, la mía.

Matrimonio José Saramago y PIlar del Rio 1988
La mañana tiene un aspecto balsámico, confortable. Pilar está preparando la comida ("¿os apetece un potaje de espinacas con garbanzos? ¿y pollo asado?"). Con la excusa de echarle una mano, entro en la cocina y corto unas lonchas de queso. Seguramente la bondad climatológica me ha abierto el apetito. Después de una primera acometida al queso, viene una segunda, y una tercera.
"Sugiero que os encerréis en el despacho de José y hagáis la entrevista ahora que la casa está tranquila", dice ella intuyendo que la percepción del tiempo no se aloja en mi cabeza. Pilar del Río tiene una capacidad organizativa poco frecuente. Pertenece a esa clase de personas que están en todo y nunca se agobian ante las contrariedades domésticas. Lo prueba el hecho de que las puertas de su casa siempre están abiertas y que en la hospitalidad de los anfitriones no se perciba ningún impulso protocolario. Dentro de un rato aparecerá Violante, la hija de José, con su hijo, el nieto de José. También vendrá a almorzar una pintora chiapaneca y su hijo. No vienen, en cambio, los 100.000 hermanos de Pilar, que se han embarcado rumbo a Fuerteventura.
Su despacho parece una terraza con vistas al tiempo y la quietud tiene una dimensión totalizadora, permanente. El tiempo, además, está parado a las cuatro de la tarde, pero eso lo contará el propio Saramago con sus palabras.
Pregunta.- Me resulta usted tan sensato, tan elegante de voz, tan didáctico, con unas ideas tan impecables que..., no sé cómo decirlo..., mejor dicho, sí sé cómo decirlo: me arruinará la entrevista.Respuesta.- No empecemos. Yo tengo muchas dudas, no soy una máquina capaz de resolverlo todo.
P.-Entonces será que hasta las dudas las tiene claras.R.-Bueno, digamos que las asumo y las integro en alguna certeza. Por decirlo de otra forma, soy como un sistema de dudas que funciona con cierta armonía. Tengo, eso sí, unas cuantas ideas claras sobre lo que debe ser la postura de uno en el mundo. Lo que no me he propuesto es andar diciéndole a la gente cómo ha de comportarse. Yo hablo de mí y por mí. Y yo soy, debo ser, alguien que se determina por la razón y quiere regirse por un principio fundamental: intentar no hacer daño a nadie.
P.-Encima, santo.R.-Por favor: de santo, nada.


"No comparto la idea de que la vida, sobre todo la vida literaria, ha de ser una guerra continua de unos contra otros"

P.-Dice Pániker, en una máxima cuya autoría se atribuye, que "todo entrevistado acaba reducido a los límites de su entrevistador". Póngase cómodo, voy a reducirlo.R.-Según ese principio, el entrevistado no tiene límites y el entrevistador, sí. Discrepo. Rechazo la supuesta superioridad del entrevistado respecto al entrevistador. Que me perdone Pániker, pero el entrevistado no es Dios.
P.-Depende. Ayer, cuando comentaba que venía a entrevistarle, mis amigos ponían cara de envidia. "¡Qué suerte!", comentaban, "¡entrevistar a Saramago!". Eso no lo dirían si fuera a hablar con Vargas Llosa o Cela. Sobre usted hay consenso. Cae bien a todo el mundo.R.-En Portugal me ha acompañado siempre la controversia, en cambio, aquí se me quiere, y esto llama bastante la atención, especialmente porque las posturas que defiendo no son consensuadas. Mi persona no molesta. Pueden molestar ciertas cosas que defiendo, pero al no apreciarse ánimo de ofender, soy bien aceptado. Yo no quiero molestar a nadie. No vale la pena.
P.-Es un gesto de caballerosidad por su parte. ¿He de suponer que se muerde la lengua, que traga bilis? R.-No tengo bilis. Y no comparto la idea de que la vida, sobre todo la vida literaria, ha de ser una continua guerra de unos contra otros. Es inútil caer en la tentación de la envidia, que si fulano tiene tantos lectores más que mengano, y mengano más que yo. No hay nada tan ridículo como las peleas durante la feria del libro.
P.-Siempre han existido. No son un invento de la industria editorial.R.-Me parecen pataletas infantiles. Además, encierran cierta contradicción, porque a los escritores, por ser trabajadores del espíritu, se les supone una sensibilidad, una autoridad y, sin embargo, se comportan con la misma rabia que los antiguos campesinos de mi país, que se mataban por el turno de las aguas para regar. No hay diferencia.
P.-Sí, hay una diferencia: la vanidad. Es un componente añadido que afecta de forma muy especial a los escritores. La vanidad es consustancial al escritor.R.-Los escritores y los artistas tenemos un ego más desarrollado, es cierto. Hemos creado un superego y nos empeñamos todo el tiempo en alcanzarlo.
P.-El ego debería de operarse, como la próstata.


R.-Sí. No soy menos vanidoso que la más vanidosa de las personas, lo que sucede es que tengo una concepción muy fuerte y arraigada de la inutilidad de esas cosas. Quizás disfrazo alguna tentación, aunque en mi caso no habría que hablar tanto de vanidad como de orgullo. Yo soy orgulloso.
P.-¿Es el propio orgullo, la idea que tiene de sí mismo, lo que le impide descender a la vanidad?R.-Puede. El orgullo no me permite ser vanidoso.
P.-Le agradezco la franqueza. Empezaba a sospechar que seguía siendo usted tan perfecto como la última vez que le entrevisté.R.-Tengo las imperfecciones que cualquiera puede tener y, pese a mi empeño por valerme de la razón, soy un hombre de sentimientos, incluso de esa clase de sentimientos que a veces no son considerados muy masculinos...
P.-Siga, siga. Déme más pistas sobre usted.R.-Si se quedara aquí unos días no necesitaría pistas porque enseguida se daría cuenta. Por ejemplo, soy un hombre que mantiene intacta la capacidad de indignación. Tengo un cabreo profundo, permanente... En América, hace poco, me hablaban de los epitafios. Mire, si yo pudiera redactar mi propio epitafio diría "aquí yace, indignado, fulanito de tal". La indignación es, digamos, mi estado habitual. Supongo que en el caso del epitafio, a la indignación natural se sumaría otra: la de no estar vivo.
P.-Pero la suya es una indignación intelectual, de impotencia frente al mundo que le ha tocado vivir. Yo quiero conocer aspectos más somáticos. ¿Qué pasa cuando le vence la indignación? ¿Se muestra irascible, le duele alguna úlcera, sufre mal humor, tiene pesadillas por la noche?R.-No. Disfruto de buena salud, tanto física como psíquica, y mantengo una relación equilibrada con mi entorno. Eso no significa que esté libre de conflictos. Por decirlo de una forma que puede parecer chocante, estoy en armonía con un mundo que no me gusta.


"Tengo un cabreo profundo, permanente... La indignación es, digamos, mi estado habitual"
P.-¿Qué es la sana envidia?R.-No existe ninguna envidia sana. Quien habla de envidia sana presupone que existe una envidia insana. Y yo no lo acepto. La envidia es envidia siempre. Nadie puede decir "no soy envidioso", aunque logre controlar el sentimiento. Yo, desde luego, trato de controlarlo.
P.-Me hace usted polvo, Saramago. Se ponga como se ponga, siempre termina saliéndole el hombre bueno.R.-Es que seguramente soy bueno..., en el buen sentido de la palabra bueno.
P.-Pues la maldad es más literaria, dicen.R.-Ésa es una de las mayores tonterías que he oído. ¿Alguien puede sostener seriamente que con buenos sentimientos no se hace buena literatura? La idea del escritor maldito, excluido de la sociedad, drogado, borracho, que odia a los demás, es algo que ya tiene poca vigencia. A mí me suena a tomadura de pelo.
P.-¿Hablamos de Pilar?R.-Siempre hablo de Pilar, aunque no la mencione expresamente.
P.-Ella tendrá mucho que ver en esa armonía existencial que describe.R.-Le debo mucho a Pilar. Desde que la conozco soy una persona más cordial, más equilibrada, más..., lo que le decía: más bueno.
P.-Ella ha conseguido salir indemne de su condición de esposa joven de un escritor mayor. Porque las esposas de los grandes escritores, sobre todo si son segundas esposas, tienen muy mala prensa.R.-No entiendo por qué han de tener mala prensa.
P.-Porque administran la vida del escritor de forma antipática, perjudicial incluso para el propio escritor. 



 Jose saramago recibe el premio nobel de las manos del rey de Suecia Carlos Gustavo 20-12-08
R.-Lo ideal es que no se hable de la esposa como tal. Pilar tiene su trabajo, su personalidad, piensa con su propia cabeza y además es muy discreta. Nuestra relación funciona, nada en ella resulta chirriante porque brota de forma natural. Lo que es coincide con lo que parece. No ha cambiado desde que la conozco. Se manifiesta igual ahora que antes, como si no fuera el escritor que soy. Ella no va por la vida de esposa de un Nobel. No es su estilo.
P.-Recuérdeme cómo la conoció, el momento exacto del cataclismo amoroso.R.-Ocurrió en junio de 1986. Yo estaba en mi casa de Lisboa y recibí una llamada suya, que no era la llamada de una periodista sino la de una lectora. Se presentó diciendo que quería viajar a Lisboa y que deseaba robarme un cuarto de hora. Accedí, pero sin fijar fecha. El caso es que 48 horas más tarde ya estaba ella en Lisboa. Recuerdo que quedamos a las cuatro de la tarde... ¿No se ha dado cuenta de que en esta casa los relojes están parados a las cuatro de la tarde? Es usted la primera persona a la que se lo cuento. Los detuve a las cuatro porque fue la hora en que la conocí.
P.-Es una confidencia muy hermosa.R.-Todos los relojes marcan esa hora, todos menos el que tiene usted enfrente, que es un reloj chino, de los tiempos de la revolución cultural. Fue idea mía pararlos. En ese momento cambió mi vida.
P.-Continúe. ¿Qué pasó aquel día a las cuatro de la tarde?R.-Me senté en la recepción del hotel a esperarla. Ella tenía 36 años y yo 63. Hablamos mucho, más de un cuarto de hora. Luego salimos a dar una vuelta porque me había dicho que le apetecía recorrer los lugares que tenían que ver con Ricardo Reis y la acompañé. Fuimos incluso al cementerio, a ver la tumba de Pessoa, y a Los Jerónimos. Después la llevé al hotel, intercambiamos las direcciones...
P.-¿Y...?R.-Se marchó y yo me sumergí de nuevo en el libro que tenía entre manos, La balsa de piedra. Me había dejado tocado, pero esperé. Precisamente en La balsa de piedra hay una escena dedicada a Pilar, un momento de espera en un hotel. Era como un eco de lo que había pasado antes con ella.
P.-¿Quién de los dos dio el segundo paso?R.-Durante el verano la llamé y a finales de octubre, a propósito de una conferencia en Granada, le escribí una carta muy hábil diciendo: "Si las circunstancias de tu vida te lo permiten, me gustaría que nos encontráramos". Era una forma de preguntarle si estaba casada.
P.-El amor había germinado.R.-No sólo había germinado sino que había crecido. Ahí se disparó todo. Y empezaron los viajes. Tomaba un autobús que salía de Lisboa a las seis de la mañana, hacía transbordo en la frontera y llegaba a Sevilla a las tres de la tarde. Pasaba uno o dos días con Pilar y regresaba a Portugal. Como un estudiante.
P.-¿Su entorno aprobó el noviazgo?R.-Al principio nadie decía nada, pero analizando los silencios estaba claro que todo el mundo pensaba "menudo lío, meterse ahora en una relación con una mujer más joven que encima heredará todo esto". Por fortuna el recelo duró poco. En cuanto mis amigos conocieron personalmente a Pilar, se desvanecieron las reservas. Ahora la adoran. A veces he llegado a pensar que la quieren más que a mí. Es el secreto de su magia.
P.-¿Nunca la han responsabilizado de habérselo llevado de Portugal?R.-No, porque mi marcha de Portugal se debió a los problemas surgidos en mi país con la publicación de El Evangelio según Jesucristo. Respecto a la elección de Lanzarote, se debió a un cúmulo de casualidades.
P.-Es un hermoso exilio. Aquí las pulsiones de la vida parecen más amortiguadas, y el mar siempre está por medio.R.-No he elegido el exilio, sino la emigración. Mis razones fueron similares a las de bastantes portugueses que también eligieron la emigración. No se encontraban bien en su país, y yo tampoco. Lanzarote, por otra parte, representa mi casa, Pilar, los perros, mi nueva vida... Estoy contento aquí.
P.-¿El amor es una invención cultural?R.-Sí.
P.-Sabía que iba a responder eso. Se lo he leído en una entrevista. R.-¿Entonces?
P.-Me gustaría que añadiera algo más, siquiera para poder contradecirle.R.-Bueno, todo es una invención cultural, el amor, la belleza... Todo lo que existe empezó por no existir. También los sentimientos. Durante milenios y milenios, el hombre y la mujer se acercaron por instinto, pero con el tiempo fueron notando que se preferían. Eso constituyó el primer granito de arena. Más tarde surgiría el amor, la pasión del amor, el desvarío.
P.-El origen del amor fue, pues, el sexo.



José Saramago con su ultima esposa Pilar del Rio
R.-Bueno, digamos que sí.
P.-Pero el amor puede vivir sin sexo. La idea de ensamblar amor y sexo sería otro invento cultural. La religión siempre los pone en el mismo lote.R.-Es que sexo y amor, cuando están juntos, están muy bien.
P.-La lotería también está muy bien cuando toca.R.-Mire, uno va del amor al sexo con naturalidad, mientras que al revés, no. Es menos natural ir del sexo al amor.
P.-¿Ha sido un hombre enamoradizo?R.-Mis tres matrimonios han durado mucho, pero he sido enamoradizo, sí, quizás porque he creído mucho en el amor, en la idea. Me enamoraba del amor y...
P.-¿...buscaba donde colocarlo?R.-Exacto: buscaba donde colocarlo. Más gráfico, imposible.
P.-¿Cuál es la seducción del hombre mayor?R.-Si respondiera a eso estaría admitiendo que la edad me ha enseñado a reconocer la seducción y que represento el papel de seductor.
P.-¿Y no es cierto? Yo he oído decir que es usted un gran seductor.R.-El hecho de haberlo oído no significa nada.
P.-Muchas personas terminan por creerse las cosas que los demás dicen de ellas.R.-No me haga reír. El otro día Pilar también me soltó "tú eres un seductor, José". Pero, bueno, ¿por qué? ¿qué he hecho? No existe impostura ni apostura en mi comportamiento. Soy como soy. Sin trucos.Para Magazine de el mundo;es

Te escuchamos amigo Samarango
"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir"
El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro. En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable. Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: "José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera". Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba. En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea. Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: "¿Y después?". Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me 

despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa. Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba: "No hagas caso, en sueños no hay firmeza". Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños. Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: "El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir". No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada. Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.


Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir. La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen. "Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día. Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas". Y terminaba: "Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?". Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido. Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga. A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central. También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos. Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos. En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.



Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía. De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada "Manual de pintura y caligrafía", que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio. 


Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime. Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa. Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo del siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por esa novela a la que di el título de "Alzado del suelo" y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la seguridad de haber asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las "Rimas" y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de "Os Lusíadas", que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoens de ella? Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoens en su más profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos. Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoens, aunque no escriban las redondillas de "Sobolos rios". Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada "Que farei con este livro?" ("¿Qué haré con este libro?"), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa
verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: "¿Qué haréis con este libro?". Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos. Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.

Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra. Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolmeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto. Sontres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba. Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío. Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar. Esta es la historia del "Memorial del convento", un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: "Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo". Que así sea.


De las lecciones de poesía,sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero. Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre. Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde "El año de la muerte de Ricardo Reis" comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista - "Atena" era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país, pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis. No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba. Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis ("Para ser grande sê inteiro/Põe quanto és no mínimo que fazes"), pero no podía
resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: "Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo". Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar al poeta de las "Odas" algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas. Fue como si estuviese diciéndole: "He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría".
"El año de la muerte de Ricardo Reis" terminaba con unas palabras melancólicas: "Aquí donde el mar acabó y la tierra espera". Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más. Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro. Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - "La balsa de piedra" - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, "masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus animales", camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así, a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes. Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo. Es decir Europa finalmente como ética. Los personajes de "La balsa de piedra" - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta. Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en "La balsa de 



piedra" hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría "História do Cerco de Lisboa", en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un "sí" un "no", subvirtiendo la autoridad de las "verdades históricas". Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa. De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador. Así: "Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más que literatura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, si no tienes perro caza con el gato, o dicho de otra
manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que usted quiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación, mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es un humorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree,
profesor, que la historia es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor". Escusado será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda. Ya era hora.



Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir "El Evangelio según Jesucristo". Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sido el sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela. Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del "Nuevo Testamento" a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones. Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió. No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia. Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese
salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes. En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo. "El Evangelio" del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un poder contra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de los caminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará, incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: "Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo", refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre,
humanamente, lo engendró. Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: "La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mi padre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba".


Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló "In Nomine Dei". Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar. Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender. Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios. Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían. La terrible carnicería de Münster enseñó al
aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos.El aprendiz pensó "Estamos ciegos", y se sentó a escribir el "Ensayo sobre la ceguera" para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano. El libro se llama "Todos los nombres". No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos. Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron. Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.
 
José SARAMAGO
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