25 février 2010

Celda 211 La verdadera historia de la novela


La verdadera historia de la celda 211



! 
 Por FRANCISCO PÉREZ GANDUL
 Autor de la novela Celda 211 

Ser sordo, o casi, no es malo del todo. Con sol y oro clavándote banderillas en la playa, tampoco. Yo suelo ahorrarme la canción del verano mil veces repetida en esos reproductores que son como trailers o a la abuela advirtiendo a su Jonathan que no se aleje o el tic-toc de las bolas al chocar con la palas justo antes de que te golpeen la cabeza. Mi abstracción es absoluta, en especial cuando voy a bañarme y me quito el sonotonegalácticoquenosirvepaná, no se me vaya a escacharrar y tenga que gastarme otra vez dos mil euros en el adorno. Esa capacidad de abstracción da mucho juego, créanlo. El silencio es cómplice de la imaginación y a mí, aquella tarde de agosto del estío de 2000, me regaló una pregunta de lo más estúpida: «¿Qué le pasaría a un funcionario de prisiones novato si en su primer día en la trena se viera envuelto en un motín no de los malos, sino de los peores?». ¿He dicho que era una pregunta estúpida? Bendita sea.
Unos niños enfrascados en una guerra de arena de la que yo era víctima colateral me hizo iniciar la retirada hacia la sombrilla y aunque lo suyo es que aquella pregunta que me hice en la orilla fuese borrada por el lenguatazo de un ola, lo cierto es que se adosó a mi sombra y siguió aleteando en mi cabeza unos días más hasta que finalmente se hizo okupa en un rincón de la memoria.
Aquello crecía, el funcionario pobrecito de mi alma lograba mimetizarse con el paisaje y paisanaje de la prisión; no sólo eso, se ganaba la confianza del tipo más temible de la cárcel, un Malamadre de perfil difuso que conforme pasaba el tiempo se iba apropiando de la historia, como Luis Tosar, al final, se ha adueñado de la pantalla. Sólo que mi Malamadre no tenía cabeza. Quiero decir que no le ponía rostro, su cara era una ancha cicatriz de la vida que le cruzaba de frente a mentón.
Debieron pasar tres años, tres, y todo estaba en la cabeza; nada en el papel. Me decía que quería escribir una novela y, como suele ocurrirnos en estos casos, me ponía mil excusas para no afrontarlo. Estaba claro que no me sentía capaz. Menos capataz. Pero en mi auxilio vino el periodismo, mi profesión, casi mi vida. Estaba tan hartito de realidad, tan atornillado a la actualidad, tan obsesionado con el día después y lo que me faltó el día antes que más temprano que tarde tenía que explotar. Unos paren una depresión de caballo, otros una euforia que les llevan a convertirse en presidentes del Gobierno —por eso lo puede ser cualquiera—, los más se fastidian, pero a mí me arrojó al teclado del ordenador. De forma frenética, compulsiva. Sin documentarme —stop a todo lo que oliera a periodismo—, eligiendo una estructura estilística complicada —una narración hecha con los monólogos de tres protagonistas que cuentan los hechos desde su propia perspectiva—, barriendo continuamente la paja para que no se acumulara en los rincones, centrándome en la historia y obviando elementos descriptivos que adornarían el texto, sí, pero distraerían la atención del lector. Soy de los que siempre necesitó que me contaran una historia y huyo de lo que me suena a sesudo trabajo de gramática. Sobre todo de la parda. Arturo Pérez Reverte es mi héroe. La de tertulias literarias en que no voy a poder dar el mangazo ni pasar la dieta.



Un clavel entre flores consagradasCuarenta años después, aquel niño sevillano que se pasaba las horas viendo la vida a través de los barrotes del balcón de su casa, en la entonces calle más comercial y bulliciosa del centro de Sevilla, invitaba a los demás a ver lo que ocurría tras las rejas de una cárcel. Sólo faltaba que la gente se acercara a ellas y allí empezó un calvario lleno de cruces, todas las que tachaban las peticiones de atención. Hasta que Lengua de Trapo, un sello con prestigio, vio en aquella historia un clavel con el que alegrar su ikebana de letras consagradas. Nadie se dio de baja de su flora por ello. La novela del primerizo llegó a las librerías.
No tardó en interesarse en el libro la gente del cine, pero nadie se decidió en firme hasta que una gallega lista, Emma Lustres, propietaria de Vaca Films, vio en la novela un filón y cerró el acuerdo.
Lo demás es ya conocido, los personajes del libro, Malamadre, Tachuela, Releches, Elena, Apache, cobraron dimensión cinematográfica en las expertas manos de Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría, que primero hilvanaron un guión tan sólido como la trama de la novela y luego supieron transportarlo a la imagen con ayuda de un reparto colosal, en el que Luis Tosar fraguó el papel de su vida. Porque el gallego, creedme, dejó de ser durante dos meses y medio un actor para convertirse en Zamora en preso del reo que representaba.
Mejor película española de 2009, supertaquillera, ganadora de ocho «Goyas», vendida a todo el mundo, Celda 211 ha hecho congraciarse a mucha gente con el cine español. Aquello que nació en la orilla de una playa gaditana mientras unos niños chapoteaban va a inundar de cine y literatura los cinco continentes. Un maremoto tan fuerte que hasta yo me he enterado. Antonio García Barbeito, tío, te lo juro.



Y la invitación a los Goya que no llegó:
Me había comprado una pajarita de raso azul y probado un smoking Armani de segunda generación, reservado billete del AVE y hotel en Madrid, apalabrado un coche con conductor uniformado de mariscal y adquirido un artilugio de la Casa del Detective Deluxe que me avisase de la llegada al buzón de una carta laica gallega o de la Iglesia. Alex. A falta de una semana cambié la certeza del coche alquilado por la esperanza de encontrar un taxi libre, al día siguiente le gañoteé a un amigo madrileño el sofá cama, me dije que con vaqueros iría igual que rellenando Emporio y descarté el tren en favor del envío urgente por Seur. La invitación para la Gala de los Goyas no llegó. Luis Tosar y Daniel Monzón me robaron el corazón nombrándome al recibir sus estatuillas. Me faltan palabras para agradecerlo. Y me emocioné con el resto, en especial con la que le dieron a Jorge Guerricaechevarría, colega de letras. Al final, justo cuando Pedro Almodóvar dijo «Celda 211» a la Mejor Película, apagamos el televisor, descorché la botella de Krug y con el dinero que me ahorré no yendo a Madrid nos pusimos de langostinos hasta donde pone Bajo Guía, Sanlúcar de Barrameda, Cádiz
La novela de Francisco Pérez Gandul esta publicada en la Editorial Lengua de trapo y se puede comprar AQUI 16,60€
Francisco Pérez Gandul 
nació en Sevilla el 19 de septiembre de 1956. Se licenció en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y trabajó en los diarios Informaciones, Nueva Andalucía y El Correo de Andalucía antes de recalar en 1986 en Abc de Sevilla, del que fue redactor jefe. En la actualidad es articulista del citado medio. Premio Silverio Cañada a la mejor primera novela negra en la Semana Negra de Gijón de 2004 es argumentista de la película Celda 211 dirigida por Daniel Monzón. Está casado y tiene dos hijos
Entrevistas a Francisco Pérez Gandul en 
Anika Entre Libros
Pasion por el cine
 

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