12 avril 2010

Jorge Semprún y los campos de concentración nazis Parte III

Discurso leído por Jorge Semprún en la conmemoración de la liberación del campo de
concentración de Buchenwald, en Alemania.
 Jorge Semprún, de 86 años, emociona en su discurso de despedida del campo de concentración del que fue liberado en 1945 /   AFP / John Macdougall (11/4/2010)
El archipiélago del horror nazi
El 11 de abril de 1945 –hace pues sesenta y cinco años– hacia las cinco de la tarde, un
jeep del Ejército americano se presenta a la entrada del campo de concentración de
Buchenwald.
Dos hombres bajan del jeep.
De uno de ellos no se sabe gran cosa. Los documentos asequibles son poco explícitos.
Está establecido, en todo caso, que se trata de un civil. Pero, ¿por qué estaba allí, a la
vanguardia de la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército norteamericano del
general Patton? ¿Qué profesión ejerce? ¿Cuál es su misión? ¿Es acaso periodista? ¿O,
más probablemente, experto o consejero civil de algún organismo militar de
inteligencia?
No se sabe a ciencia cierta.
Está allí, sin embargo, presente, a las cinco de la tarde de un día memorable, ante la
puerta de entrada monumental del campo de concentración. Está allí, acompañando al
segundo tripulante del jeep.
Éste sí está identificado: es un teniente, mejor aún, un Primer Teniente, un oficial de
inteligencia militar asignado a la Unidad de Guerra Psicológica del Estado Mayor del
general Omar N. Bradley.
Tampoco sabemos lo que pensaron los dos americanos al bajarse del jeep y contemplar
la inscripción en letras de hierro forjado que se encuentra en la verja del portal de
Buchenwald: Jeden das Seine.
No sabemos si tuvieron tiempo de tomar nota mentalmente de tamaño cinismo, criminal
y arrogante. ¡Una sentencia que alude a la igualdad entre seres humanos, a la entrada de
un campo de concentración, lugar mortífero, lugar consagrado a la injusticia más
arbitraria y brutal, donde sólo existía para los deportados la igualdad ante la muerte!
El mismo cinismo se expresaba en la sentencia inscrita en el portal de Auschwitz:
Arbeit macht frei. Un cinismo característico de la mentalidad nazi.
Devant la porte d’entrée de Buchenwald, des jeunes
No sabemos lo que pensaron los dos americanos en aquel histórico momento. Pero sí
sabemos que fueron acogidos con júbilo y aplauso por los deportados en armas que
montaban la guardia ante la entrada de Buchenwald. Sabemos que fueron festejados
como libertadores. Y lo eran, en efecto.
No sabemos lo que pensaron, no sabemos casi nada de sus biografías, de su historia
personal, de sus gustos o disgustos, de su entorno familiar, de sus años universitarios, si
es que los tuvieron.
Pero sabemos sus nombres.
El civil se llamaba Egon W. Fleck y el primer teniente Edward A. Tenenbaum.
Repitamos aquí, en el Appeliplatz de Buchenwald, sesenta y cinco años después, en este
espacio dramático, esos dos nombres olvidados e ilustres: Fleck y Tenenbaum.
Aquí, donde resonaba la voz gutural, malhumorada, agresiva, del Rapportführer todos
los días de la semana, repartiendo órdenes o insultos; aquí donde resonaba también, por
el circuito de altavoces, algunas tardes de domingo, la voz sensual y cálida de Zarah
Leander, con sus sempiternas cancioncitas de amor, aquí vamos a repetir en voz alta, a
voz en grito si fuera necesario, aquellos dos nombres.
Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.
Así, maravillosa ironía de la historia, increíble revancha significativa, los dos primeros
americanos que llegan a la entrada de Buchenwald, aquel 11 de abril de 1945, con el
Ejército de la liberación, son dos combatientes judíos. Y por si fuera poco, dos judíos
americanos de filiación germánica, más o menos reciente.
Ya sabemos, pero no es inútil repetirlo, que en la guerra imperialista de agresión que
desencadena en 1939 el nacionalsocialismo, y que aspira al establecimiento de una
hegemonía totalitaria en Europa, y acaso en el mundo entero, ya sabemos que en dicha
guerra, el propósito constante y consecuente de exterminar al pueblo judío constituye un
objetivo esencial, localmente prioritario, entre los fines de guerra de Hitler.
Sin tapujos ni concesiones a ninguna restricción mortal, el antisemitismo racial forma
parte del código genético de la ideología del nazismo, desde los primeros escritos de
Hitler, desde sus primerísimas actividades políticas.
Para la llamada solución final de la cuestión judía en Europa, el nazismo organiza el
exterminio sistemático en el archipiélago de campos especiales del conjunto Auschwitz-
Birkenau, en Polonia.
Buchenwald no forma parte de dicho archipiélago. No es un campo de exterminio
directo, con selección permanente para el envío a las cámaras de gas. Es un campo de
trabajo forzado, sin cámaras de gas. La muerte, en Buchenwald, es producto natural y
previsible de la dureza de las condiciones de trabajo, de la desnutrición sistemática.
Como consecuencia, Buchenwald es un campo judenrein.
Sin embargo, por razones históricas concretas, Buchenwald conoce dos periodos
diferentes de presencia masiva de deportados judíos.
Uno de esos periodos se sitúa en los primeros años de existencia del campo, cuando,
después de la Noche de Cristal y del pogrom general organizado, en noviembre de 1938,
por Hitler y Goebbels personalmente, miles de judíos de Frankfurt, en particular, son
enviados a Buchenwald.
Le four crématoire / Los crematorios Buchenwald
En 1944, los veteranos comunistas alemanes se acordaban todavía de la mortífera
brutalidad con que fueron maltratados y asesinados a mansalva, masivamente, aquellos
judíos de Frankfurt, cuyos supervivientes fueron luego enviados a los campos de
exterminio del Este.
El segundo periodo de presencia judía en Buchenwald se sitúa en 1945, hacia finales de
la guerra, en los meses de febrero y de marzo concretamente. En aquel momento,
decenas de miles de supervivientes judíos de los campos del Este fueron evacuados
hacia Alemania central por el SS, ante el avance del Ejército Rojo.
A Buchenwald llegaron miles de deportados escuálidos, transportados en condiciones
inhumanas, en pleno invierno, desde la lejana Polonia. Muchos murieron durante un
viaje interminable. Los que consiguieron alcanzar Buchenwald, ya sobrepoblados,
fueron instalados en los barracones del kleine Lager, el campo de cuarentena, o en
tiendas de campaña y carpas especialmente montadas para su precario alojamiento.
Entre aquellos miles de judíos llegados por entonces a Buchenwald, y que nos aportaron
información directa, testimonio vivo y sangrante del proceso industrial, salvajemente
racionalizado, del exterminio masivo en las cámaras de gas, entre aquellos miles de
judíos había muchos niños y jóvenes adolescentes.
La organización clandestina antifascista de Buchenwald hizo lo posible para venir en
ayuda de los niños y adolescentes judíos supervivientes de Auschwitz. No era mucho,
pero era arriesgado: fue un gesto importante de solidaridad, de fraternidad.
Entre aquellos adolescentes judíos se encontraba Elie Wiesel, futuro premio Nobel de la
Paz. Se encontraba también Imre Kertesz, futuro premio Nobel de Literatura.
Cuando el presidente Barack Obama, hace unos meses, visitó Buchenwald, le
acompañaba Elie Wiesel, hoy ciudadano americano. Se puede suponer que Wiesel
aprovechó aquella ocasión para informar al presidente de EE UU de la experiencia de
aquel pasado imborrable, de su experiencia personal de adolescente judío en
Buchenwald.
En cualquier caso, me parece oportuno recordar aquí, en este momento solemne, en este
lugar histórico, la experiencia de aquellos niños y adolescentes judíos, supervivientes
del campo de Auschwitz, último círculo del infierno nazi. Recordar tanto a los que se
hicieron célebres, como Kertesz y Wiesel, por su talento literario y su actividad pública,
como a aquellos que permanecieron, sencillos héroes, en el anonimato de la historia.
Además, no es ésta mala ocasión para subrayar un hecho que se perfila inevitablemente
en el horizonte de nuestro porvenir.
Como ya dije hace cinco años, en el Teatro Nacional de Weimar, “la memoria más
longeva de los campos nazis será la memoria judía. Y ésta, por otra parte, no se limita
la experiencia de Auschwitz o de Birkenau, Y es que, en enero de 1945, ante el avance
del Ejército soviético, miles y miles de deportados judíos fueron evacuados hacia los
campos de concentración de Alemania central.
Así, en la memoria de los niños y adolescentes judíos que seguramente sobrevivirán
todavía en 2015, es posible que perdure una imagen global del exterminio, una reflexión
universalista. Esto es posible y pienso que hasta deseable: en este sentido, pues, una
gran responsabilidad incumbe a la memoria judía… Todas las memorias europeas de la
resistencia y del sufrimiento sólo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de
diez años, a la memoria judía del exterminio. La más antigua memoria de aquella vida,
ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte”.
Pero volvamos un momento al día del 11 de abril de 1945. Volvamos al momento en
que Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum detienen su jeep ante el portal de
Buchenwald.
No os olvidamos. Recordando à Buchenwald
Probablemente, si tuviera muchos años menos, acometería ahora una indagación
histórica, una investigación novelesca acerca de estos dos personajes, investigación que
abriría el camino de un libro sobre aquel 11 de abril de hace más de medio siglo, un
trabajo literario en el cual ficción y realidad se apoyarían y enriquecerían mutuamente.
Pero no me queda tiempo para semejante aventura.
Me limitaré pues a recordar algunas frases del informe preliminar que Fleck y
Tenenbaum redactaron dos semanas después, el 24 de abril exactamente, para sus
mandos militares, informe que consta en los Archivos Nacionales de EE UU.
“Al desembocar en la carretera principal”, escriben los dos americanos, “vimos a miles
de hombres, harapientos y de aspecto famélico, en marcha hacia el Este, en formaciones
disciplinadas. Estos hombres iban armados y tenían jefes que los encuadraban. Algunos
destacamentos portaban fusiles alemanes. Otros llevaban al hombro “panzerfausts”. Se
reían y hacían gestos de furiosa alegría mientras caminaban… Eran los deportados de
Buchenwald, en marcha hacia el combate, mientras nuestros tanques los rebasaban a 50
kilómetros por hora…”
Este informe preliminar es importante por varias razones. En primerísimo lugar, porque
los dos americanos, testigos imparciales, confirman rotundamente la realidad de la
insurrección armada, organizada por la Resistencia antifascista de Buchenwald, y que
fue motivo de polémica en los tiempos de la guerra fría.
Lo más importante, sin embargo, al menos para mí, desde un punto de vista humano y
literario, es una palabra de este informe: la palabra alemana panzerfaust.
Fleck y Tenenbaum, en efecto, escriben su informe en inglés, como es lógico. Pero
cuando se refieren al arma individual antitanque, que se denomina bazooka en casi
todos los idiomas del mundo, y en todo caso en inglés, recurren a la palabra alemana.
Lo cual hace pensar que Fleck y Tenenbaum, el civil y el militar, son americanos de
reciente filiación germánica. Y esto abre un nuevo capítulo de la investigación
novelesca que me apetecería acometer.
Pero hay otra razón, más personal, que me hace importante la palabra panzerfaust, o
sea, literalmente, “puño antitanque”. Y es que yo estaba, aquel día de abril de 1945, en
la columna en marcha hacia Weimar, aquella columna de hombres armados,
furiosamente alegre. Yo estaba entre los portadores de bazookas.
El deportado 44904, con en el pecho el triángulo rojo estampado en negro con la letra
“S”, de Spanier, español, ése era yo, entre los jubilosos portadores de bazooka o
panzerfaust.
Hoy, tantos años después, en este dramático espacio del Appeliplatz de Buchenwald. En
la frontera última de una vida de certidumbres destruidas, de ilusiones mantenidas
contra viento y marea, permítanme un recuerdo sereno y fraternal hacia aquel joven
portador de bazooka de 22 años.
Muchas gracias por la atención.
Jorge Semprun
Nuit et brouillard documentaire  Réalisé en 1955/1956 par Alain Resnais
Jean Ferrat Nuit et brouillard



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Jorge Semprun Une tombe au creux des nuages, Ed. Flammarion Collection Cimats 19 €

 

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